Desde que, en 1553, el cuerpo de Javier llegó a Goa (India), trasladado desde Sancián y Malaca, el pueblo le aclamó "Señor de Goa". La Iglesia católica lo declaró santo el 12 de marzo de 1662. Al mismo tiempo, el reino de Navarra le nombró patrono, por decisión tomada por sus Cortes. El Papa Benedicto XV le declaró patrono de Oriente en 1748. San Pío X le nombró patrono de la Obra Misional Pontificia de la Propagación de la Fe, en 1904. Y más modernamente fue nombrado patrono del Turismo por Pío XII y Juan Pablo II le llamó "Príncipe de los Misioneros".
Recordamos con orgullo a Javier como merecedor de todos estos títulos porque conocemos muchos datos objetivos que lo avalan: 100.000 kilómetros recorridos en poco más de 9 años; un periplo geográfico impresionante: Europa, América (costas de Brasil), Africa (Mozambique), India, Molucas, Japón, China… y hasta sueña con viajar a Etiopía….; miles y miles de bautizos administrados, de eucaristías celebradas, numerosas cartas escritas, predicaciones…. Una obra ingente, efectivamente.
Pero hay algo más y mejor que nos da la clave de tanta y tan importante actividad. Javier fue misionero entusiasta porque se enamoró de Dios a raíz de los Ejercicios Espirituales realizados bajo la dirección de Ignacio; y desde entonces no pudo ya vivir sino bajo la bandera de Jesús, bajo el signo de la cruz, que exhibió de forma incansable por todo el mundo como muestra de su ingente tarea de extensión del Reino de Dios a nuevos países. Toda su vida y todas sus obras serán fruto de esta entrega incondicional del enamorado impaciente por servir a su Señor.
Y tendríamos que recordar aunque sea escuetamente, algunas virtudes que nos ofrece ejemplarmente Javier: su caridad, su celo, su constancia, su fidelidad, su fortaleza, y al mismo tiempo su humildad, su obediencia, y, sobre todo, su confianza en Dios que le llevará al más exquisito amor de entrega, afectivo y efectivo. En tan breves líneas no podemos extendernos en ellas, pero sí ponerlas en evidencia y reconocer con sinceridad que de este hombre ejemplar y universal que fue Javier conocemos más lo externo que su vida interior, cuando ésta es la razón fundamental de aquella, y constituye un caudal espiritual tan importante, tan profundo y tan estimulante para los creyentes y seguidores de Jesús, hoy.
El mismo Javier escribía, ya al final de sus días, desde la isla de Sancián: “Nosotros, en estas partes, lo que pretendemos es traer las gentes en conocimiento de su Criador, Redentor y Salvador Jesucristo Nuestro Señor. Vivimos con mucha confianza, esperando en Él que nos ha de dar fuerzas, gracias, ayuda y favor para llevar esto adelante... Él bien lo sabe, pues les son manifiestos todos nuestros corazones, intenciones y pobres deseos que son de librar las almas”.
Ahí quedan patentes, para nuestra admiración y estímulo, la determinación, humildad y confianza en Dios, que alimentan y mueven el corazón de Javier, siempre dispuesto a servir a su “Criador y Señor”, en la entrega a los demás.